Sonia del Valle/La Mala Educación
Aurelio Nuño llegó a la Secretaría de Educación Pública con ímpetu. Era joven, tenía la confianza del presidente Enrique Peña Nieto y una reforma educativa que poner en marcha.
No he conocido a ningún funcionario que tuviera tanta prisa. Prisa por demostrar resultados y “recuperar” el control del sistema educativo.
Una sola vez lo entrevisté. Al llegar me encontré con una antesala que bien podría haber pertenecido a una residencia de lujo: sillones de espera de muy buen gusto, tapetes, mesas de centro con cubierta de cristal, pinturas en las paredes y una iluminación cálida. Predominaban los tonos beige y dorados, con algunos toques de color. E incluía una pequeña reluciente biblioteca dedicada a Jaime Torres Bodet. Todo era elegante, sobrio, impecable. Costaba trabajo pensar que uno estaba en una oficina pública.
Ese mismo espacio antes era un conjunto de escritorios separados con mamparas de tablaroca, escritorios y personal administrativo trabajando. Meses antes había pasado por ahí, cuando me encontré con el secretario Chuayffet. Por eso me sorprendió el cambio.
El secretario Aurelio no solo tenía prisa, también le importaba su imagen y era experto en construir escenas.
A los días de su llegada, decidió, como estrategia visitar escuelas cada lunes. En contraste con la secretaría Josefina Vázquez Mota quien traía cada lunes a la SEP a una escuela para realizar la ceremonia de honores a la bandera, Aurelio participaba en los honores a la bandera de la escuela, recorría los salones y se sentaba a escuchar a docentes y directivos.
Les hablaba de la reforma educativa y ante cualquier demanda para resolver una carencia, anunciaba soluciones. En noviembre de 2015, durante una visita a la primaria Siete de Enero, en la Ciudad de México, prometió una techumbre, una biblioteca y un comedor. Giró instrucciones a los funcionarios que lo acompañaban y aseguró que las obras se harían a la brevedad.
Las visitas tenían una lógica de puesta en escena. La llegada del funcionario alteraba la jornada escolar, se organizaba la recepción, la ceremonia, se adornaba el periódico mural, los estudiantes esperaban formados en el patio de la escuela junto a las y los docentes. Todo dispuesto para recibirlo. Por supuesto que además de la comitiva del funcionario, llegábamos decenas de periodistas, camarógrafos y fotógrafos. Ese día en la escuela prácticamente no había clases.
Pero mientras él recorría escuelas, la evaluación de desempeño docente se convirtió en uno de los principales frentes de confrontación.
Nuño respondió con firmeza. En mayo de 2016 aseguró que la impunidad en el sistema educativo se terminaría y que la ley se aplicaría sin restricciones en Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Michoacán, bastiones de la CNTE.
La evaluación se aplicó bajo vigilancia policial. La imagen de docentes custodiados por elementos de seguridad mientras acudían a presentar la evaluación resumía la tensión de aquellos años.
La prisa es mala consejera. Porque se entendió poco el significado de la plaza de base y los derechos laborales; la forma cómo se construyó el sindicato magisterial emanado del corporativismo priista y sobre todo los casi 100 años que tenía el magisterio de acceder a la plaza de base de forma automática después de la escuela normal y al escalafón. El poder de una reforma de esa magnitud no podía sostenerse solamente con órdenes, sanciones y advertencias. Necesitaba explicar sus propósitos, escuchar las objeciones y distinguir entre la resistencia política y los problemas legítimos de las y los docentes.
La educación no funciona como una oficina en la que basta con girar instrucciones para que las cosas sucedan.
Las escuelas tienen historias, necesidades y comunidades distintas. Las y los maestros no son una categoría uniforme, ni las razones para oponerse a una política son siempre las mismas. Gobernar el sistema educativo exige autoridad, sí, pero también conocimiento del territorio, capacidad de negociación y disposición para escuchar incluso a quienes cuestionan las decisiones del gobierno.
Aurelio Nuño tenía energía, disciplina y una idea clara de lo que quería hacer. Lo que me pregunto, al recordar aquellos años, es si entendió suficientemente el contexto en el que intentaba hacerlo.
En febrero del 2019 el contexto derrotó la prisa del funcionario. Solo 3 meses después de su salida. Ya lo decía mi abuela, la prisa es una mala consejera.
