Hace poco un colega periodista me preguntó cuál consideraba que era el legado de Elba Esther Gordillo. La pregunta me hizo pensar. No sé si hablaría de un legado. Pero sí de una capacidad política extraordinaria.

No conozco a ninguna mujer que entendiera la política como ella. Era como se dice, una grilla profesional. Sabía leer el contexto, identificar correlaciones de fuerza, construir alianzas y llegar a una negociación con más información que la contraparte.

Tenía asesores, sí. La mayoría provenientes de la academia y de la ciencia política. Escuchaba. Preguntaba. Contrastaba versiones. Y después tomaba decisiones. Era recia y lisonjera cuando la estrategia lo exigía.

Por ejemplo, durante las negociaciones para firmar el Compromiso Social por la Calidad de la Educación, en el sexenio de Vicente Fox, su gran aliada fue Martha Sahagún. Con ella impulsó la Guía Para Padres, conquistó el beneplácito de Televisa y produjeron un programa de televisión.

Luego tras la firma de la Alianza por la Calidad de la Educación, en el sexenio siguiente la relación con Televisa siguió y produjeron el programa “Todo el mundo cree que sabe”.

Eran los tiempos en que su estrategia era ampliar alianzas políticas y relaciones sociales más allá del ámbito educativo. Incluso en aquellos años, mis informantes, me hablaban de la red de secretarias ejecutivas de alto nivel que promovía Gordillo, aunque no de manera directa.

La red se reunía al menos una vez al año en un congreso. Con un programa que incluía ponentes magistrales, comida, amenidades y rifas. El objetivo era allegarse información sobre los gustos, entretenimientos, vacaciones, cumpleaños, preocupaciones de los dueños y ejecutivos top de las y los empresarios más importantes del país y políticos.

Más que un espacio de convivencia, parecía una red informal de información. Nunca la investigué a fondo, pero lo que sí sé es que Gordillo rara vez llegaba a una negociación sin conocer a su interlocutor. Y quizá por eso también sabía enviar mensajes políticos antes que nadie.

Por ejemplo, antes de que Enrique Peña Nieto tomara posesión como presidente, Gordillo realizó en octubre del 2012 un Congreso Nacional de SNTE en Quintana Roo en el Hotel Barceló, movilizó a 3 mil 500 maestros y su invitado especial fue el líder del sindicato petrolero. Más allá de los discursos, Gordillo ya sabía que el gobierno federal estaba pensando realizar una reforma educativa que trastocaba los derechos laborales del magisterio. El mensaje fue claro, si tocas el apartado B del artículo 123 Constitucional para afectar a los maestros no estamos solos. Peña Nieto, acusó recibo, no tocó el artículo que regula las relaciones laborales de los trabajadores al servicio del estado. Hizo un amalgama legal y puso el ingreso, la promoción y permanencia de las y los maestros en el artículo 3 de la Constitución.

Siempre pensé que Gordillo era bilingüe. Dominaba el lenguaje del poder masculino. Y también el de las mujeres que habían aprendido a abrirse paso en un mundo construido por hombres.

Provocaba admiración y rechazo en la misma proporción. Vi a miles de maestras y maestros hacer fila durante horas para fotografiarse con ella. Y también escuché los peores calificativos en su contra.

“En corto” era una conversadora brillante. No era fácil sorprenderla. Casi siempre parecía saber algo que los demás todavía ignoraban. Quizá por eso, como pocas mujeres con poder, desató siempre una fiereza misógina en su contra.