Cada secretario o secretaria de Educación tiene lo suyo, pero creo que el actual es insuperable.

—1,000,000 de puntos de aura.

Carisma: cero.

Ignoro si monetiza, pero solo en Instagram su video tiene 70 mil likes y 10 mil comentarios.

La mayoría de los comentarios van por aquí: “¿Qué te parece farmear menos aura y trabajar más? ¿Y farmear educación para cuándo? ¿Este es el hombre que autoriza la planeación educativa del año y cuando se va a acabar el ciclo escolar no la respeta? ¿Y si mejor farmeas escuelas sin mediocridad?”

Pero otros aprovecharon para decirle, en pocas palabras, que se pusiera a trabajar. Y en los comentarios aparece una lista de pendientes: sillas nuevas en los salones, papel de baño, mejores resultados de aprendizaje, más presupuesto para el IPN, seguridad en las escuelas, sueldo digno para el magisterio, capacitación docente para atender a estudiantes con autismo y neurodivergencias, infraestructura escolar, baños limpios, mejores libros de texto, menos carga administrativa, más docentes porque está por comenzar el ciclo escolar y todavía hay escuelas sin maestros, y homologación salarial para maestros de bachillerato, entre otras cosas.

Toda una agenda de trabajo, si me preguntan.

Porque mientras el secretario hace memes en redes sociales, el sistema educativo tiene problemas bastante menos divertidos.

Pero en esta historia de la educación y el periodismo, cada funcionario tiene lo suyo.

Hoy quiero contarles del primero que conocí: Reyes Tamez Guerra, en 2003, cuando comencé a cubrir la fuente educativa en Reforma.

Era un funcionario al que no le gustaba salir en los medios de comunicación. O, para usar el lenguaje del actual secretario, no le interesaba “farmear aura”.

Aparecía cuando era necesario: para presentar un programa, inaugurar algún foro, participar en un consejo educativo o aclarar alguna información. Y cuando Tamez consideraba que una información era imprecisa o poco clara, acordaba una entrevista directamente con los directivos del medio.

Nunca recuerdo que alguien de comunicación social me llamara para decirme que el secretario quería aclarar algo.

Más bien, creo que Tamez, que venía de Nuevo León, hablaba directamente con el dueño del periódico o con el director editorial. Y luego solo había una orden de trabajo: hacer la entrevista.

Lo entrevisté tres veces y ninguna la pedí yo.

La primera fue en julio de 2003, cuando recién había llegado a la fuente. Quería explicar que, después de la firma del Compromiso Social por la Calidad de la Educación, el ingreso a las plazas de maestro, dirección, supervisión y jefatura de sector sería mediante exámenes de oposición a partir del siguiente ciclo escolar. Un tema que llevaba años pendiente.

La segunda, un año después, cuando se armó la polémica por la propuesta para que el entonces Distrito Federal pagara los servicios de educación básica, aunque no pudiera administrarlos porque seguían bajo responsabilidad de la Federación. Un asunto que no se concretó.

La tercera fue meses antes de que dejara el cargo. Quería hacer un balance de su gestión.

“Afrontamos nuestra responsabilidad, no queremos evadirla. Como responsable de la política educativa (los resultados de PISA) son una seria llamada de atención para apresurar el paso y buscar cambios más contundentes.

“No traemos tiempo, esta forma antigua de decir vamos a analizar y discutir, no, el País tiene urgencia y hay que actuar y lo vamos a hacer”.

Han pasado más de veinte años.

Han cambiado los secretarios, los discursos, las formas de comunicar y hasta el lenguaje.

Ahora se farmea aura.

Pero hay algo que no solo no mejora: se vuelve más preocupante. No sabemos qué están aprendiendo las niñas y los niños en la escuela.

Y quizá esa debería ser la preocupación principal del secretario memero.