Les contaba hace unas semanas sobre los Secretarios de Educación en México. No solo sobre lo cambiantes que son, pues en este país en los últimos 100 años hemos tenido sexenios donde ha habido hasta 4, en el sexenio del presidente Felipe Calderón, fueron tres.

Comenzó con Josefina Vázquez Mota, a quien le encontraron rápidamente una nueva función en la Cámara de Diputados porque simplemente fue incapaz de negociar con la dirigencia magisterial o la dirigencia magisterial no quiso negociar con ella. Ahora sí que como dijo el clásico, haiga sido como haiga sido.

Después llegó Alonso Lujambio, que de educación pues prácticamente sabía nada, (tampoco los otros) y le tocó cerrar el “changarro” al ex Secretario de Salud, José Córdova Villalobos, que no era un docto en política educativa.

Porque parece que lo que verdaderamente importa para ser Secretario de Educación es justamente no saber nada de educación ni de política educativa.

En fin, Lujambio llegó en abril del 2009 le tocó encargarse de los Festejos del Bicentenario, la Estela de Luz, que estuvo llena de reclamos; la activación de los Consejos Escolares de Participación Social, la reforma del Programa de Carrera Magisterial y la Evaluación Universal de Docentes y Directivos en Servicio de Educación Básica.

También propuso los Estándares Nacionales de Habilidad Lectora que marcaba el número de palabras que deberían leer los estudiantes en cada grado primaria y secundaria y recomendaba a las madres y los padres de familia leer 20 minutos al día con sus hijos.

Pero hubo tres cosas que me llamaron la atención.

La primera: muy rápido comenzó a verse como presidenciable, en junio del 2011 lanzó su precampaña con el lema: “El tamaño sí importa” y aparecía junto a Enrique Peña Nieto, entonces gobernador del Estado de México.

La segunda ocurrió un día en la SEP frente a un grupo de estudiantes de las bandas de guerra de diversas escuelas y le pidió a uno que le prestara el tambor. Se puso el tambor, tomó las baquetas y comenzó a tocar con bastante ritmo. Nos sorprendió la habilidad. Y luego dijo una frase clásica: lo que bien se aprende, no se olvida.

La tercera tenía que ver con algo mucho menos relacionado con la política educativa: lo impecablemente presentado que siempre estaba. Esto es quizá lo que más llamó mi atención, entre otras cosas porque no es común encontrar entre el funcionariato hombres tan esmerados en su arreglo personal.

Lujambio tenía estilo. No solo era un hombre bien parecido, solo hay que repasar las fotografías de los secretarios de Educación en el país para saber que algo en su físico lo hacía diferente al resto.

Pero lo entendí mejor un día, durante una comparecencia ante la Comisión de Educación del Senado, en septiembre de 2010 que comenzó cerca de las 5 de la tarde. Ahí estaban senadoras y senadores con el día encima, como se dice. Es decir, trajes y vestidos gastados, el peinado cobrando factura, seguramente por un día que había comenzado temprano por la mañana.

Fue en un pequeño salón del Senado en el que particularmente había mucha gente y calor. Incluso tuvieron que habilitar un salón contiguo para colocar una gran pantalla para poder seguir la comparecencia. El principal reclamo era los gastos en la Estela de Luz.

En medio de toda esa gente, el Secretario era el único que brillaba. Todo él brillaba, desde los zapatos perfectamente boleados y lustrosos, el traje perfectamente planchado, la camisa sin una sola arruga, el rostro limpísimo; el cabello impecable, las patillas perfectamente peinadas y recortadas.

Y la enorme pantalla que tenía enfrente no hacía más que confirmar la impecabilidad de aquel hombre que contrastaba con el conjunto de senadores y senadoras.

Durante toda la comparecencia me dediqué a observar el rostro y las formas del secretario. Ni una arruga, ni un gesto fuera de lugar, ni un solo ademán desentonaba. O, al menos, eso era lo que transmitía.

Y mientras lo observaba pensé que quizá ahí estaba una parte de su estilo político: antes de hablar, Lujambio ya había impuesto su presencia. O como después iba a decir su efímera precampaña: El tamaño sí importa.

Cuando terminó la comparecencia me di cuenta de que no había apuntado nada. Tuve que reconstruir la nota y fue una de las más malas que he escrito.