Tenía muchos años investigando la política educativa cuando el IMCO me ofreció la exclusiva del Mapa del Magisterio. Debería haber dicho que sí de inmediato por mi vocación de portada. Y pocas cosas emocionaban más que ganar la portada.

Pero dudé porque llevaba años siguiendo la pista a las plazas docentes y había aprendido algo: detrás de cada plaza docente hay una historia distinta.

El gremio magisterial es mucho más diverso de lo que suele aparecer en los discursos políticos o el debate público.

Hay maestras y maestros con una vocación enorme. Llegan temprano, preparan clases, se entusiasman con los avances de sus estudiantes y hasta los extrañan durante las vacaciones.

Hay quienes llegaron a las aulas porque heredaron la plaza y la fuerza de la costumbre familiar. Incluso es común conocer a familias enteras donde todos son docentes. ¿Llegaron todos por vocación? La respuesta es no, y no es porque yo lo sepa, lo que sé es que muchas veces la tradición familiar obliga a hijas e hijos a ejercer una profesión que no les gusta y esto pasa igual con médicos, abogados, arquitectos, deportistas y demás. Y muchos descubrieron su vocación en el ejercicio de la docencia, muchos otros no.

Hay docentes que encontraron en la política sindical una ruta más atractiva que el salón de clases.

Y también están quienes llegaron casi por accidente. Un maestro de inglés me contó que aceptó una plaza porque era la única vacante disponible. No hablaba inglés. Aprendió viendo películas subtituladas por las tardes. Años después obtuvo sus certificaciones y terminó enamorado de la profesión.

Conocí otras historias. Los secretarios de Educación me contaban que era común recibir llamadas de algún conocido para pedir trabajo para el hijo, la hija, el sobrino o el recomendado de alguien influyente, “aunque sea de maestro”.

También escuché durante años que las plazas se vendían. Nunca encontré a alguien dispuesto a denunciar la transacción. Ni al que vendía. Ni al que compraba.

Hubo quien me lo contó como si fuera cualquier cosa. Recuerdo un maestro premiado por su innovación pedagógica que años después me confesó que había utilizado el dinero para comprar su plaza.

Por eso dudé cuando el IMCO me ofreció la exclusiva.

La investigación mostraba una nómina no solo desordenada, mostraba corrupciones diversas y es ahí cuando decidí que ventilar el desaseo de las plazas docentes requería de la presión que pudiéramos ejercer todos los medios.

Porque la disputa de fondo sigue siendo la misma. ¿Quién controla las plazas docentes? La pregunta intentó resolverse con las reformas del 2013 y la del 2019, pero hoy sigue siendo pertinente.

Si, como dicen, las plazas se venden, y al año se jubilan o se retiran, 100 mil docentes (pocos) y si se ofertan cada una en 20 mil pesos (barato). Hagan las cuentas.

Mi hipótesis: la pelea de fondo no es la ley del ISSSTE, es el control por las plazas y el regreso del escalafón.