De todos los secretarios de Educación que he conocido, quizá el único que no pudo serlo era el que mejor conocía la operación de la Secretaría. Se llamaba Rodolfo Tuirán.

Y tenía otra característica que, para mí, era todavía más importante: escuchaba.

Durante varios meses, mientras Alonso Lujambio se ausentó de la SEP por su enfermedad, Tuirán quedó como encargado del despacho. Hubo voces que pidieron al presidente Felipe Calderón que lo nombrara para cerrar el sexenio. Tenía sentido: era subsecretario de Educación Superior, conocía la operación de la dependencia y había participado en las durísimas negociaciones con el SNTE de la Alianza por la Calidad de la Educación.

Pero no pudo ser secretario. Él mismo explicó que la Constitución se lo impedía porque era mexicano por naturalización y el cargo exigía ser mexicano por nacimiento.

Y quizá fue una de esas circunstancias que, vistas desde el periodismo, dejan una paradoja.

Porque Tuirán sabía. Pero, sobre todo, explicaba.

Durante aquellas negociaciones a puerta cerrada, el SNTE lo acusó en distintas ocasiones de filtrar información a la prensa. Yo nunca recibí de él un documento en secreto para publicarlo. Ni me anticipó una nota, ni me contó algún asunto que estuviera gestándose.

Hacía otra cosa. Te explicaba. Todo lo que quisieras. Se daba tiempo para explicar un tema, poner contexto a una negociación, contar las razones detrás de una decisión. Le interesaba que como periodista entendiera lo que estaba pasando. Y eso, me parecía de una generosidad enorme.

Claro que tenía interés político. Cuando conversábamos fuera de grabadora, le interesaba que se entendiera su posición. Pero no necesitaba entregarte un documento para conseguirlo.

Recuerdo particularmente una conversación, en medio de una de las negociaciones más difíciles que le tocó: el concurso para asignar las plazas docentes. Tuirán me explicó cómo se generaban las vacantes y qué poner esas plazas a concurso significaba romper con una tradición tan antigua como la propia SEP.

Durante décadas, el Estado mexicano había hecho de la docencia una profesión de Estado: formaba a los maestros en las escuelas normales públicas y también participaba en la asignación de sus plazas.

Las vacantes eran las plazas que quedaban disponibles por jubilación, fallecimiento o renuncia. Y ahí estaba uno de los nudos de la negociación: la legislación establecía que el 50 por ciento de las plazas vacantes eran del sindicato el que las asignaba.

Así que la negociación con la dirigencia magisterial, como él decía, “tuvo sus momentos”.

Porque una cosa era que la dirigencia nacional del SNTE aceptara poner las plazas a concurso y otra que todos los liderazgos sindicales estatales y las y los estudiantes de las escuelas normales estuvieran de acuerdo.

Tuirán sobrevivió al sexenio de Calderón. Después fue subsecretario de Educación Media Superior y, nuevamente, de Educación Superior durante el gobierno de Enrique Peña Nieto.

Pero hay algo que recuerdo de él de manera personal.

El Acuerdo 286 que elaboró y publicó que abrió para muchas personas la posibilidad de obtener el título de licenciatura por experiencia profesional mediante una evaluación. Entre quienes pudimos hacerlo estuvimos periodistas y comunicadores que habíamos construido nuestra formación profesional en el ejercicio del oficio. Yo fui una de ellas. Obtener ese título me permitió después estudiar una maestría.

¿Por qué tantos periodistas no teníamos un título profesional? Porque el periodismo tiene una escuela difícil de sustituir: la calle. Muchos periodistas se formaron en el oficio, en las redacciones, en la cobertura diaria y no en las escuelas o facultades.

Este es un oficio que se aprende reporteando, preguntando, buscando información, siguiendo pistas, construyendo redes de informantes y aprendiendo a escuchar a las fuentes. Pero también se aprende cuando alguien se toma el tiempo de explicarte aquello que no sabes.

Tuirán hacía eso.

A veces te daba nota, otras, te daba algo más difícil de encontrar: contexto.

Y quizá por eso, de todos los secretarios de Educación que conocí, recuerdo especialmente a uno que nunca llegó a serlo: Tuirán.